La culpa como compañera de la maternidad

Hay una pregunta que muchas madres se hacen, a veces en voz alta y muchas otras en silencio: ¿lo estaré haciendo bien? Por eso, es necesario que hablemos de la culpa.

Puede aparecer después de perder la paciencia, cuando se vuelve al trabajo, cuando se desea un rato a solas, cuando se decide poner un límite, cuando se siente que no se está disfrutando lo suficiente. Incluso puede aparecer cuando todo parece estar bien.

La culpa no siempre necesita de un hecho concreto para instalarse. A veces alcanza con sentir que no somos la madre que imaginábamos que debíamos ser.

Porque antes de encontrarnos con un hijo real, existe una maternidad imaginada. Una idea, construida mucho antes, acerca de cómo seremos, cómo cuidaremos, qué podremos ofrecer, cuánto amor sentiremos. Y luego llega la experiencia cotidiana, con sus contradicciones, sus cansancios, sus límites y sus imprevistos.

Entre esa madre ideal y la madre posible aparece, muchas veces, la culpa.

Desde el psicoanálisis podemos pensar que la culpa no se reduce simplemente a haber hecho algo “mal”. Está relacionada también con el deseo, con las exigencias internas y con aquello que creemos que deberíamos ser para los demás.

El ideal de una maternidad completamente disponible puede transformarse en una exigencia difícil de sostener, estar siempre, responder siempre, saber siempre qué necesita el hijo, disfrutar siempre.

Existe una idea muy arraigada de que una “buena madre” debería encontrar su realización plena en el cuidado de sus hijos. Como si tener deseos propios pudiera entrar en contradicción con el amor materno.

Sin embargo, amar y desear no son experiencias excluyentes.

Una madre puede amar profundamente a su hijo y, al mismo tiempo, necesitar distancia. Puede disfrutar de la maternidad y sentirse agotada. Puede querer estar con su hijo y también querer estar en otro lugar.

Quizás una de las mayores dificultades de la maternidad sea aceptar que no existe una manera perfecta de maternar. Que siempre habrá algo que no podremos hacer, algo que se nos escapará, una respuesta que llegará tarde, un límite que costará poner, un día en el que estaremos cansadas y no podremos ofrecer aquello que hubiéramos querido.

Y ahí la culpa puede volverse una trampa.

Porque si creemos que nuestros hijos necesitan de una madre que nunca falla, cada dificultad puede sentirse como una amenaza: si me equivoco, puedo dañarlo; si no estoy, puede faltarle algo; si me enojo, quizá deje una marca.

Pero criar también implica aceptar que el otro no puede quedar completamente protegido de nuestras fallas.

Desde una perspectiva psicoanalítica, esto abre una cuestión fundamental: el hijo no necesita una madre sin falta, sino una madre que pueda reconocer que falta.

Tal vez necesitemos recuperar una palabra que muchas veces queda olvidada cuando hablamos de maternidad: deseo.

¿Qué quiere esta mujer, además de ser madre?

No para abandonar a sus hijos.

No para quererlos menos.

La maternidad no debería exigirnos ser completas.

Quizás una maternidad más habitable comience cuando podamos dejar de preguntarnos constantemente si somos buenas madres y empezar a preguntarnos qué necesitamos para poder maternar sin dejar de ser quienes somos.

Porque nuestros hijos no necesitan una madre perfecta.

Necesitan una madre humana.

Y lo humano, inevitablemente, incluye el amor, el deseo, la ambivalencia, los límites, las faltas y también la posibilidad de reparar.

Rosario Durigón

Licenciada en Psicología Atención Adolescentes - Adultos lic.rosariodurigon@gmail.com

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