Congelar óvulos: la información que muchas hubieran querido tener antes

Durante mucho tiempo, hablar de criopreservación de óvulos me generaba cierta incomodidad. Tenía miedo de que reforzara esa idea de que toda mujer, por el hecho de serlo, tiene que querer ser madre. Con los años, esa incomodidad se transformó en otra cosa: en el consultorio empecé a escuchar cada vez más una frase que se repite mucho más de lo que imaginamos: «me hubiera gustado saberlo antes».

La mayoría de las personas que me consultan están atravesando —o están por atravesar— un proceso de reproducción asistida. Y lo que aparece con frecuencia no es falta de deseo, sino falta de información. Muchas no sabían que existe una vida reproductiva con un tiempo biológico, ni que a partir de cierta edad hay un descenso de la reserva ovárica. Me parece que esta es información que debería circular con la misma naturalidad con la que circula la de los métodos anticonceptivos.

La medicina indica que, en general, ese descenso empieza a partir de los 35 años. Pero conviene no quedarnos en un número: porque no todos los cuerpos son iguales. Por eso, ante cualquier duda, se puede consultar la propia reserva en cualquier momento, sin esperar una edad específica.

Es importante ser claras en algo: congelar óvulos es una posibilidad, no una garantía. No asegura un embarazo futuro; asegura, en todo caso, tener esa opción disponible el día en que se la quiera usar. Y en esa posibilidad influyen dos variables que no siempre van de la mano: la cantidad de óvulos y su calidad. Por eso, más que guiarnos por un número —el de la edad o el de óvulos congelados—, lo que realmente orienta es la evaluación de un especialista.

Lo que más me interesa transmitir es que esta decisión no debería tomarse desde la urgencia. Escucho en el consultorio mucho la culpa: «¿por qué no me informé antes?», «¿por qué me relajé?” “Yo pensé que al dejar las pastillas iba a quedar embarazada”. Y ahí aparece algo real: una de cada seis personas atraviesan alguna dificultad reproductiva. Estamos acostumbradas a las películas de Disney, donde el embarazo llega fácil y en el momento justo. La vida, muchas veces, se parece más a esas otras historias que no vemos tanto: las de la dificultad, la espera, la incertidumbre.

Tener información no significa apurarse ni significa que haya que congelar sí o sí. Significa poder decidir con más elementos, corriéndonos de los mandatos y preguntándonos qué es deseo propio y qué es expectativa ajena. Esa pregunta —quiero, no quiero, todavía no sé— nos enfrenta con algo que merece tiempo, acompañamiento y respeto, no una respuesta urgente.

Mi rol ahí no es médico: no defino edades límite ni indico tratamientos. Mi lugar es acompañar el proceso emocional que se abre cuando esta posibilidad se pone en palabras. Porque, se elija lo que se elija, existen múltiples formas de construir una familia. Y toda decisión tomada con información y sin apuro es, siempre, una decisión más cuidada.

Escucha una charla sobre el tema en nuetsro programa radial:

Natalia Gogliormella

Psicóloga especializada en Fertilidad Coach emocional Charlas-Programas-Consultas @lic.natalia.gogliormella

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