Desde hace algunos años se vuelve cada vez más evidente una transformación en nuestra forma de vivir y de transitar los momentos. No se trata simplemente de ir más rápido, sino de algo distinto: una velocidad que no implica rapidez, sino volatilidad. Vivir sin pausa.
En este contexto —que Zygmunt Bauman (2000) caracterizó como “modernidad líquida”— se multiplican ciertas experiencias: un murmullo constante en la mente, una dificultad creciente para registrar el propio cuerpo, una sensación de desconexión constante a la par de tanta actividad.
Si antes la pregunta podía formularse en torno a cómo atravesar los tiempos de espera —lo saben, por ejemplo, quienes hayan usado el teléfono fijo, cuando aún no existían los celulares ni la mensajería instantánea, o cuando no existían las plataformas y había que esperar cuasi obstinadamente al siguiente capítulo de la telenovela—, tiempos que podían ser de gestación, elaboración y preparación. Hoy la dificultad parece ubicarse en otra cuestión: ¿cómo parar? El punto es que, con frecuencia, no llegamos siquiera a registrar la necesidad de detenernos, de suspender la inercia que caracteriza nuestra vida actual ya que, muchas veces, organizamos nuestra propia (¿propia?) vida en torno a la inercia. La contracara de ello, la sensación de control.
“No me para la cabeza”, “No puedo dormir, no paro de pensar”, “Como y no sé ni lo que me llevo a la boca”, “No me alcanza el tiempo”. Estas frases, cada vez más frecuentes, no son ya excepciones, sino expresiones corrientes de un modo de vida.
Los quehaceres se han reducido a “trámites”. El compromiso se experimenta como una carga (es decir, se impone desde un afuera) y las horas del día parecieran nunca alcanzar. La vida, mientras tanto, se fuga.
Este artículo propone plantear la necesidad de recuperar la dimensión del tiempo y del espacio: volver a preguntarnos por el sentido de lo que hacemos, habilitarnos a elecciones conscientes —aunque parezcan pequeñas— para no quedar atrapados en una vida automática, indistinta, impersonal.
Cuando los pensamientos engañan y las conductas se (nos) imponen, se vuelve necesario apelar a una dimensión a menudo relegada: la sensibilidad.
Aquellas actividades que convoquen a lo manual, a la expresión —corporal, emocional—, a cierto contacto con lo natural; experiencias que permitan reconectar con lo auténtico de cada quien, con la necesidad singular, con aquello que hace bien. Escenarios que implican receptividad, entrega y transformación personal.
En definitiva, se trata de dar tiempo y lugar a la presencia: de habilitar. Aunque sea por momentos, la posibilidad de vivir un día a la vez.
Referencias bibliográficas
Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Lic. en Psicología
Psicoanalista
Con formación en psicodiagnóstico
Actualmente en formación en Derecho Penal

