¿Por qué es tan difícil comunicarnos con nuestros hijos adolescentes?. ¿Por qué nos cuesta tanto llegar a ellos, que nos escuchen y nos respeten?. O que no estén enojados todo el día. O quieran estar lejos nuestro. ¿Por qué es tan difícil que nos compartan algo o confíen en nosotros?. Hoy: Adolescencia y comunicación.
Hay millones de razones, desde un punto de vista psicológico, donde tienen que distanciarse drásticamente para no reeditar un Edipo antiguo, hasta la revolución hormonal que influye sobre su estado de ánimo, sus reacciones y sus emociones de una forma inimaginable.
Por otro lado, el cerebro, aún en desarrollo, en su mayor parte del tiempo en alerta, listo para actuar por impulso sin que pueda mediar la razón, calmarse, pensar y actuar de forma más tranquila y razonable. Como si fuera poco, el tedio, esta emoción hermosa que hace que todo lo que antes los entusiasmaba y hacía tan felices (y nos regalaban esas sonrisas tan reconfortantes), ahora es completamente aburrido y sin sentido. Y el cerebro les pide mucho más, emociones y experiencias mucho más intensas para llegar al mismo bienestar que antes.
Por todas estas cosas y muchas más, debemos entender que un adolescente la mayor parte del tiempo quiera estar aislado, en su mundo, con mala cara, malhumorado y conflictuado. Y eso no necesariamente tiene que ver con nosotros, los padres.
Pero nosotros, los padres, podemos influir enormemente en potenciar o disminuir todas estas adversidades. Podemos pasar una adolescencia trágica y llena de peleas y sufrimiento, o podemos intentar atravesar esta fase de una forma más liviana, más divertida.
No estoy queriendo decir que los dejemos solos para no tener que aguantarlos, no ponerles límites para no pelear, en absoluto. Estoy queriendo transmitir que hay una manera de acompañarlos en esta fase tan difícil.

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En principio podemos dejar de juzgarlos, criticarlos, humillarlos, retarlos y tratarlos como si fuesen nuestro peor fracaso. La forma en como nos dirigimos a ellos impacta directamente en su autoestima, su estado de ánimo, y lógico en su manera de dirigirnos a nosotros.
Por otro lado, siempre debemos tener en cuenta que los adultos y responsables somos nosotros. Somos los que debemos dar el ejemplo de cómo reaccionar, de cómo pedir perdón luego de una pelea, de cómo acercarse a conversar e intentar llegar a un acuerdo. O por lo menos hacernos entender y entender el punto de vista de ellos, aunque al final, el límite, lógico, lo pondremos nosotros.
Podemos hacerlos sentir escuchados, valorados, comprendidos. A pesar de no estar de acuerdo con determinadas actitudes.
Podemos acercarnos a su mundo en vez de pretender que ellos se acerquen al nuestro. Sentarse al lado y cebarle un mate, en silencio, pintarse las uñas, intentar interesarse por lo que ellos se interesan, conocer antes de criticar o descalificar, y aunque no nos guste, respetar esos gustos.
Podemos intentar contarles un poquito de nuestro día, compartir nosotros lo que nos pasa o lo que nos tiene preocupados o contentos, antes de pretender que ellos lo hagan. Aprender a escuchar sin miradas juzgadoras, sin poner el grito en el cielo. Es todo un desafío. Aprender a no sacar el dedo acusador o la tiza de la maestra ciruela, sino dar un consejo o una opinión sobre determinado asunto. Y como siempre, respirar hondo, encontrar nuestra calma, intentar no reaccionar como fieras porque fiera con fiera no va a terminar bien.
No es nada fácil, es tremendamente difícil y muchas veces frustrante. No te lo tomes personal, no sos la peor madre del mundo ni tu hijo el peor hijo del mundo. Simplemente les está costando recuperar ese vínculo. Y sos vos quien debés dar el primer paso.
Derechos de Autor: Lucila Bucich

Pediatra / Consultora en crianza – MN 113.820
Atención online Argentina/Brasil
Fuente imagen: https://escolasalut.sjdhospitalbarcelona.org/
Te compartimos la charla que tuvimos en la radio, en el programa «Redes de Bienestar», sobre este tema:

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