Separarse: el impacto psíquico de decir basta

Separarse implica, en algún punto, poner fin a un proyecto construido de a dos. Pero, más profundamente, tiene que ver con dejar de ocupar un lugar en la elección del otro. Y esa suele ser una de las partes más dolorosas de una separación: aceptar que ya no somos elegidos y atravesar el duelo que eso implica, asumir que ya no pertenecemos a la vida del otro.

En toda separación aparecen, muchas veces, dos caras de una misma moneda: quien toma la decisión y quien la recibe. Esta reflexión se centra especialmente en quien escucha esa decisión. Sin embargo, también es frecuente que quien decide separarse experimente culpa, aun cuando esté convencido de que es lo mejor. Esa culpa suele estar ligada a cerrar una etapa, a poner fin a algo que en su inicio se pensó como un “para siempre”, a despedirse de un ideal construido durante el enamoramiento.

Con el paso del tiempo, cuando aparece el amor real —ese que surge luego de que caen ciertos ideales—, elegimos al otro tal como es. Por eso, cuando llega el momento de terminar, no se trata solo de dejar a una persona, sino de decir: esto no funcionó, llegó hasta acá. Los finales, sin embargo, no son un fracaso. Todo vínculo deja aprendizajes, experiencias y huellas. Muchos pacientes dicen: “todos esos años que perdí”, cuando en realidad no se pierde nada: fue tiempo invertido, vivido, aprendido.

Existe mucho miedo a la palabra “fracaso”. Pero no fracasa el vínculo: simplemente termina. Como tantas cosas en la vida, tiene un comienzo y un final. Y todo lo aprendido puede capitalizarse en relaciones futuras.

También sucede que, en ocasiones, la separación se posterga. Se sostiene una relación más tiempo del deseado o de lo saludable. A veces, cuando finalmente se concreta, aparece la frase: “el duelo ya lo hice”. Y es cierto: muchas veces el duelo comienza antes de que la separación se materialice. Pero también es cierto que hay procesos internos que necesitan tiempo para poder ser dichos y puestos en palabras.

Así como ocurre en amistades o en el trabajo —donde a veces no es el momento de plantear algo—, en la pareja también puede suceder. El miedo a la pérdida, a la soledad, al juicio externo o a no poder estar bien con uno mismo puede retrasar decisiones importantes.

Pero si con el tiempo aparece la sensación de que estar con el otro no te hace mejor persona, que no hay proyectos compartidos o que la felicidad no está presente, es momento, al menos, de abrir la pregunta. Escucharse y, si es necesario, pedir ayuda para poder hablarlo con el otro.

Mitos, mandatos y creencias sobre la separación

En la consulta aparecen muchos mitos, especialmente ligados a la familia: “No queremos contar que estamos mal”, “¿y si después volvemos?”, “¿qué van a pensar?”, “¿cómo nos van a mirar?”.

Esto muestra que, en algunos casos, las uniones se viven como una carga, donde pesa más la mirada externa que lo que la pareja está atravesando. El miedo al juicio ajeno puede convertirse en una gran traba para poder decir y transitar una separación.

¿Qué sucede cuando hay hijos?

La decisión no se toma de la misma manera, y mucho depende de la edad de los niños. Como Coordinadora Parental, siempre indico que es fundamental manejarse con la verdad: con la verdad que esos padres tengan en ese momento, entendiendo que la separación es un proceso.

Cuando los padres han hablado y comprendido que se van a separar, es importante transmitirlo a los hijos con un lenguaje acorde a su edad. Otro pilar fundamental es brindar certezas: qué días estarán con cada progenitor, cuándo se verán y cómo será la modalidad de encuentro. Los niños no deben quedar en la incertidumbre ni tener que adivinar qué va a pasar.

Luego vendrá la etapa de adaptación: nuevos códigos en cada casa, mudanzas, convivencias temporales con abuelos o tíos, o la llegada de nuevas parejas. Es clave explicarles que se separa la pareja, no los padres ni la familia, y que el amor hacia ellos permanece. Aunque también es necesario reconocer que, en algunos casos, esta idea no siempre se sostiene y uno solo de los padres queda a cargo de la crianza.

Muchos chicos, incluso, expresan alivio: menos mal que mis padres se separaron”. No siempre la separación es vivida como algo negativo. A veces, es un orden nuevo que trae calma y bienestar. Permanecer en vínculos conflictivos, como en una “trinchera”, también genera sufrimiento en los hijos, especialmente cuando se los coloca en lugares de alianza o toma de partido.

Acompañar el proceso

Separarse implica desarmar un sistema y volver a armarlo en un contexto de duelo y tristeza. En esos momentos, no siempre se tiene la claridad necesaria para tomar las mejores decisiones. Por eso, el acompañamiento de profesionales —abogados, psicólogos— resulta fundamental para transitar el proceso con mayor cuidado y bienestar.

Un mensaje final

Animarse a pensarse a uno mismo. Si estar con otro no genera confianza, no hay proyectos, no te hace mejor persona, es importante evaluar esa situación. Y si no se puede solo, pedir ayuda. No todo se puede resolver en soledad. La escucha profesional muchas veces abre puertas saludables e impensadas.

Separarse no es el fin ni un fracaso. Puede ser un comienzo. Se cierra un vínculo, pero se abren otros, integrando lo aprendido.

Ir paso a paso, sin cargarse de entrada con todas las preguntas. Algunas respuestas llegan con el tiempo, a medida que el proceso avanza. No apurarse, no exigirse certezas inmediatas.

Andrea Maccione

Lic. en Psicología /Coordinadora parental y parejas

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