Hay días en los que el tiempo parece escaparse entre las manos, y otros en los que, casi en silencio, nos invita a detenernos. En esos instantes breves, cuando la urgencia afloja, algo profundo sucede: volvemos a estar presentes, volvemos a sentir. Por eso, vamos a hablar sobre el poder que tienen las pequeñas cosas.
Al comienzo del camino, un niño avanza con pasos cortos. No por inseguridad, sino porque el mundo es demasiado vasto y fascinante como para atravesarlo sin detenerse. Todo lo llama: una hoja que cae, el perfume de las flores, el vuelo de un pájaro, la textura de la tierra.
El cielo es un espectáculo cotidiano y cada atardecer guarda una promesa. Espera la primera estrella como si fuera un acontecimiento irrepetible. Todo es increíble. Parece que todo es nuevo. Todo importa.
Mucho más adelante, cuando el trayecto ha sido largo, un anciano también desacelera. Ya no persigue al tiempo: aprende a caminar a su lado. Descubre el valor de las pausas, del silencio, de mirar sin prisa. Se detiene no porque le falten fuerzas, sino porque ha comprendido algo esencial: disfrutar es una forma profunda de sabiduría. En cada pausa hay memoria, gratitud y una manera nueva de redescubrir lo vivido.
Y entonces ocurre algo revelador: el niño y el anciano comparten el mismo ritmo. Uno porque recién empieza a conocer el mundo. El otro porque vuelve a mirarlo con profundidad. Ambos saben que detenerse no es perder tiempo, sino habitarlo. Que en esas pausas breves, pero poderosas, se aloja la posibilidad de observar, de escuchar, de conectar con lo que suele quedar oculto detrás de la urgencia.
En un mundo que celebra la prisa, crecer tal vez no sea ir más rápido, sino animarse a frenar. Dar pasos pequeños y conscientes. Recuperar la mirada curiosa de la infancia y unirla con la calma que regala la experiencia. Entender que no todo se trata de llegar, sino de cómo se transita el camino.
Quizás la gran enseñanza esté ahí, frente a nuestros ojos, si nos animamos a observar con el corazón: el niño y el anciano nos recuerdan que la vida, en todos sus tramos, nos pide lo mismo. Presencia. Sensibilidad. Pausa.
Porque hacernos grandes no es perder el asombro, sino aprender a volver a él cada vez que la rutina intenta apagarnos. Y vivir, en definitiva, es eso: caminar despacio, con el alma despierta, sin dejar de maravillarnos por lo simple y lo verdadero.
Valeria Kunzle
Docente, autora de cuentos infantiles

