Facu va al colegio de 8 a 16hs, sale del colegio y los lunes y miércoles tiene clase de fútbol, los martes va a la Psicopedagoga, los jueves tiene clases de guitarra y los sábados tiene partidos de fútbol por la mañana. El día que no tiene actividades extraescolares, suele ser el día que él o sus hermanos invitan a algún amigo a jugar a su casa. Facu termina todos sus días a las 18hs, se baña, cena y se va a dormir. ¿Te cansó leer esta rutina? Imaginate vivir estas agendas cotidianamente teniendo tan solo 6 años, o 7, o 10, o 12.
La semana transcurre entre horarios, mochilas y prisas por llegar a tiempo al siguiente lugar. Cada vez es más habitual ver a niños merendando o haciendo la tarea en el auto, camino a la próxima actividad, porque no tienen tiempo para comer con calma o descansar antes de volver a empezar.
Muchas de estas decisiones nacen del amor y del deseo de los padres de ofrecerles oportunidades. Queremos que aprendan idiomas, hagan deporte, desarrollen sus talentos, socialicen y aprovechen su tiempo. Pero vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿qué necesitan realmente nuestros hijos y qué expectativas estamos depositando sobre ellos?
Esto se conoce como el “síndrome de la agenda llena”. Son niños que presentan días saturados de actividades escolares y extraescolares, donde las obligaciones dejan poco espacio para el descanso real.
Pero entonces, ¿el problema son las actividades? No. Es sano y necesario que los niños realicen un deporte o participen de alguna actividad que les interese, que disfruten y que les permita moverse, expresarse, compartir y generar bienestar integral. El desafío aparece cuando esas actividades se convierten en obligaciones cotidianas, con horarios y planes que ocupan gran parte de la semana, sin tiempo para el ocio o el juego libre. La falta de pausas puede traducirse en ansiedad, irritabilidad, dificultades para dormir y menor disponibilidad para aprender.
El aprendizaje no ocurre únicamente cuando un niño recibe una clase o participa de una actividad dirigida. También sucede cuando juega, se mueve, explora, imagina, conversa, crea y tiene la posibilidad de decidir qué hacer con su tiempo. El juego libre es fundamental para el desarrollo. Allí aparecen la imaginación, la iniciativa, la creatividad, la resolución de problemas y también la posibilidad de aprender a regular las propias emociones. Incluso el aburrimiento puede ser un espacio valioso: cuando no todo está organizado desde afuera, el niño tiene la oportunidad de inventar, descubrir y poner en marcha sus propios recursos.
Se trata, entonces, de encontrar un equilibrio: estimular sin sobrecargar, acompañar sin imponer y ofrecer oportunidades sin convertir cada momento del día en una nueva exigencia. Porque crecer también necesita tiempo. Tiempo para jugar, para descansar, para aburrirse, para estar en familia y para descubrir, a su propio ritmo, aquello que verdaderamente los apasiona.
Lic. Psicopedagogía | Docente
Aprendizaje y Desarrollo Infantojuvenil
Orientación Vocacional
Evaluación y Tratamiento: Abordaje Neurocognitivo
IG: @adin.aprendizaje

