Infancias, fútbol y aprendizajes compartidos

Más allá de los goles y las victorias, la pasión por la Selección y el fútbol ofrece a los niños experiencias de pertenencia, ilusión y aprendizaje que también forman parte de su desarrollo.

Hay algo que ocurre en mi consultorio cada vez que juega y gana la Selección Argentina. No importa demasiado el día, la hora o la actividad que tengan programada: los niños llegan vestidos de celeste y blanco. Algunos traen la camiseta oficial; otros, una gorra, una bandera atada al cuello o simplemente algún detalle que los conecta con ese sentimiento compartido.

Podríamos pensar que se trata únicamente de fútbol. Sin embargo, cuando observamos con atención, descubrimos que allí sucede algo mucho más profundo.

Vivimos tiempos en los que los niños no están ajenos a las preocupaciones y tensiones que atraviesan a los adultos. Escuchan conversaciones, perciben estados de ánimo y muchas veces se encuentran rodeados de mensajes que enfatizan lo que falta, lo que preocupa o lo que duele. En ese contexto, la alegría colectiva adquiere un valor enorme.

La Selección ofrece algo cada vez más valioso: una experiencia compartida de ilusión. Durante un rato, miles de personas se emocionan por lo mismo. Se abrazan, celebran, esperan y confían juntas. Los niños no solo observan ese fenómeno: participan activamente de él. Aprenden que existen motivos para entusiasmarse, que vale la pena esperar algo bueno y que la alegría también puede construirse en comunidad.

Quizás por eso los niños llegan al consultorio vestidos para el Mundial, aunque no haya Mundial, o celebran una victoria como si formaran parte del plantel. Porque, de algún modo, sí forman parte. Se sienten incluidos en una historia colectiva que los trasciende y les permite experimentar algo fundamental para el desarrollo humano: el sentido de pertenencia.

Quienes trabajamos con infancias solemos poner el foco en las dificultades y los desafíos. Pero también vale la pena detenernos a observar aquello que genera esperanza. La alegría compartida no resuelve los problemas del mundo, pero nos recuerda que todavía existen experiencias capaces de reunirnos, emocionarnos y hacernos sentir parte de algo más grande.

Porque crecer también necesita esperanza. Y la esperanza, muchas veces, empieza con una camiseta celeste y blanca, una sonrisa compartida y la emoción de celebrar juntos.

Rosario Mastrángelo

Licenciada en psicopedagogía. MP:198.719 Prevención, evaluación y tratamiento de problemas de aprendizajes. Orientación a padres. Evaluación neurocognitiva.

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