Todos estamos llamados a la felicidad. Santo Tomás dice: “Querer ser feliz no es cosa de libre elección”1. Sólo en la patología y en el desorden mental, una persona puede ir en contra de la felicidad.
Pero, a pesar de querer ser felices no todos lo pueden lograr. Y se presenta una duda: ¿es posible alcanzarla? El planteo de Viktor Frankl, es sumamente interesante: “Perseguir la felicidad es suficiente para alejarla”2.
En esta lógica, no puedo acercarme a ella directamente, sino que, la felicidad, va a ser el resultado de un proceso de búsqueda personal de quién soy, qué quiero ser y qué quiero hacer con mi vida. Muchas veces queremos la felicidad sin haber logrado ese paso previo. Sin esas respuestas básicas todo lo que hacemos carece de sentido y sobreviene el vacío existencial, y nos alejamos cada vez más de la felicidad.
La autoestima nos permite, no solo conocernos, sino también valorarnos a nosotros mismos. Es cierto que estamos influenciados por la valoración positiva o negativa que podamos recibir del entorno, pero es indispensable que, en un momento de nuestra vida, logremos conocernos -respondiendo a la pregunta ¿quién soy? – y desde ahí lograr la autonomía necesaria en nuestra propia valoración.
La Felicidad es una sensación de plenitud que la persona busca permanentemente y que no siempre encuentra. Esta búsqueda es exclusiva del ser humano, de todos los seres humanos. “El contenido de la felicidad no se le presenta a la persona de manera evidente. Si bien todos los bienes, por el hecho de serlo, producen cierta dicha cuando se alcanzan, es preciso examinar si existe algún bien capaz de saciar totalmente, una vez poseído, el anhelo de ser feliz”3.
La Felicidad es una realidad espiritual. Cuando la persona encuentra aquello que busca, encuentra la Felicidad. San Agustín dice: “Feliz es quien tiene todo lo que quiere”4. Pero esto que ‘quiere’ se establece primero al conocer algo, luego si lo que se conoce es bueno, ‘lo quiere’. Por lo tanto, en la búsqueda de la Felicidad intervienen las dos facultades humanas: la Inteligencia y la Voluntad.
Analicemos, ahora, las causas de la infelicidad5. Se pueden dividir en dos grandes grupos:
1. Por no conocer el bien: Si nos acercamos al mal no podemos ser felices. El mal nos puede encandilar con un efecto efímero de satisfacción, pero nos aleja de la felicidad. Esto no quiere decir que debemos ser catedráticos en el estudio del bien. Simplemente, poder discernir, a través de nuestra inteligencia, entre aquello que está bien y lo que está mal, y seguir una tendencia hacia el bien. Es más, si uno pudiera realizar una encuesta acerca de la Felicidad, seguramente nos encontraríamos con que, la mayoría de las personas, saben lo que es bueno para ellas y, sin embargo, no son felices. En la segunda causa de la infelicidad encontraremos la respuesta a este planteo.
2. Por no quererlo: a veces, literalmente, no lo quiere y en otros casos está el deseo, pero falta la fuerza. No puede poner en funcionamiento la voluntad para alcanzar el bien. Por lo tanto, necesitamos de las dos facultades humanas: la inteligencia y la voluntad. Sólo en la obtención del bien, encontraremos la felicidad. Pero si es tan fácil, ¿por qué cuesta tanto? Porque, precisamente la felicidad cuesta. No es fácil. No es directa.
La felicidad va a ser un camino ‘de rosas’, pero un camino ‘de rosas con espinas’. Por lo tanto, si no podemos soportar las espinas que la vida nos depara, tampoco vamos a poder disfrutar de la belleza y el perfume de las flores que la vida nos regala.
Un mensaje contradictorio es que la Felicidad supone un estado permanente de bienestar y ausencia total de frustración. Pero la frustración, la tolerancia de la misma y la superación es lo que permite educar la voluntad y esforzarnos para alcanzar el bien. De ahí en más, la felicidad será una consecuencia.
No necesariamente conduce a la felicidad la búsqueda de las riquezas, ya que la posesión de bienes es sólo un medio y no un fin en sí mismo. Para muchas personas, la búsqueda de poder o fama, se convierte en un ‘camino’ hacia la felicidad, que se transforma en una trampa incapaz de alcanzar ese anhelo. Tampoco el placer o la salud corporal nos hacen felices por sí mismas. Es evidente que todos los bienes producen cierta dicha cuando se alcanzan, pero no son un fin en sí mismos. La felicidad se encuentra en el desafío que implica la búsqueda del bien.
“Alcanzar una meta se constituye en razón para estar feliz. En otras palabras, si existe una razón para la felicidad, la felicidad se da, como si lo hiciera espontánea y automáticamente. Es por eso que no es necesario perseguir la felicidad, uno no necesita preocuparse por ella cuando existe una razón para ella”6.
Hoy sabemos que la felicidad se encuentra más en los vínculos interpersonales que la obtención de bienes materiales. El estudio de Harvard sobre el Desarrollo de Adultos (Harvard Study of Adult Development)7, considerado el estudio longitudinal más largo de la historia sobre la felicidad y la salud humana, así lo demuestra. La conclusión más clara, rotunda y consistente después de tantas décadas de investigación es esta: Las buenas relaciones nos mantienen más felices y más saludables.
Lo que pocos dicen es qué para establecer esos vínculos significativos, uno tiene que estar dispuesto a sufrir. Más aún, a mayor amor, mayor va a ser el dolor ante la pérdida. Ojalá que no tengamos que llegar a esa situación para darnos cuenta del amor que sentimos por nuestros seres queridos, pero tenemos que estar preparados si eso sucede.
El problema es que no queremos sufrir, no queremos que nuestros hijos sufran, queremos vivir en el bienestar, y casi sin querer, esa misma situación nos va alejando de la felicidad. En el ‘estar bien’ no encontramos a la felicidad, en el amor sí. Por lo tanto, tenemos que animarnos a salir de la ‘zona de confort’, arriesgarnos a vivir momentos de sufrimiento y dolor, y animarnos a amar.
San Agustín afirmaba: “Ama y haz lo que quieras”8. Sin el amor, el ‘haz lo que quieras’ se transforma en impulsividad sin medida. En cambio, al invitarnos a amar, nos propone buscar, por encima de todo, el BIEN. El bien propio, el bien del prójimo, el bien común.
En esa búsqueda del bien, haremos genuinamente aquello que queremos, utilizando nuestra libertad y nuestra responsabilidad, y si en nuestra vida colocamos al bien como nuestro norte, indefectiblemente, en el camino encontraremos la felicidad Por lo tanto, no podemos perseguir la felicidad, sino que debemos descubrir nuestro propósito en la vida, fortalecer nuestros vínculos, aprender a enfrentar y superar los momentos de dolor y descubrir que la felicidad nos está esperando ‘a la vuelta de la esquina’.
1 TOMÁS de AQUINO. Suma Teológica. Biblioteca de Autores Cristianos. I parte, cuestión 18, artículo 10
2 FRANKL, VIKTOR EMIL. Fundamentos y aplicaciones de la Logoterapia. Ed. San Pablo. 2000
3 DEBELJUH, PATRICIA. El desafío de la Ética. Temas. 2005
4 SAN AGUSTÍN. Agustín de Hipona, Santo. Obras completas de San Agustín (Vol. 18, 2.ª ed.). Biblioteca de Autores Cristianos (2010). (Obra original escrita c. 416).
5 ALTAREJOS, FRANSISCO. La felicidad como objetivo en la Educación Familiar. Universidad Austral
6 VIKTOR EMIL FRANKL. Fundamentos y aplicaciones de la Logoterapia. Ed. San Pablo. 2000
7 WALDINGER, R., & SCHULZ, M. (2023). Una buena vida: El estudio más largo de la historia sobre la felicidad y cómo aplicarlo a tu vida (A. Santos, Trad.). Planeta.
8 SAN AGUSTÍN. Agustín de Hipona, Santo. Obras completas de San Agustín (Vol. 18, 2.ª ed.). Biblioteca de Autores Cristianos (2010). (Obra original escrita c. 416).

Lic. En Psicología
Orientador Familiar
Escritor, Docente
@germandebeljuh

