“Viste cómo es él, siempre vago”, me dijo una maestra en una reunión en la que conversábamos sobre un niño, paciente mío. El comentario fue acompañado de una sonrisa, casi sin intención, completamente naturalizado.
En otra reunión, sus padres afirmaron: “Es un vago, nunca quiere hacer la tarea”.
Este niño, de 8 años, ya estaba etiquetado como “vago” en todos sus contextos.
Ahora bien, ¿es “vago”o hay algo más que aún no estamos logrando ver?
Las palabras que usamos tienen una enorme influencia en nosotros mismos y en los demás. Cuando asignamos una etiqueta, cuando rotulamos a una persona, la estamos delimitando, encasillando. Y ese adjetivo no solo describe: también condiciona nuestras actitudes y comportamientos hacia esa persona.
En otra nota hemos mencionado el efecto Pigmalión, ese fenómeno por el cual las expectativas de una persona (ej: jefe, profesor, padre) influyen directamente en el desempeño de la otra persona. Es así que, cuando un docente cree que un niño “puede”, tiende a ofrecerle más oportunidades, más tiempo, más andamiaje. En cambio, cuando cree que “no puede” (o que “no quiere”) muchas veces, sin darse cuenta, reduce sus intervenciones, sus expectativas y sus propuestas. Así, la etiqueta no solo impacta en cómo vemos al niño, sino también en cómo actuamos con él y, en consecuencia, en lo que ese niño termina pudiendo (o no) hacer.
Pensemos en una situación concreta: dos alumnos no terminan la tarea. A uno lo pensamos como “vago”. Al otro, como alguien que “necesita más tiempo o acompañamiento”.¿Intervenimos igual? Probablemente no. Al primero tal vez le digamos: “Dale, ponete a trabajar”. Al segundo, quizás: “¿Querés que lo hagamos juntos? ¿Tenés alguna duda? ¿Querés que lo revisemos?”. La diferencia no está en el niño, sino en la mirada del adulto.
Hay algo importante y esperanzador: así como las palabras etiquetan, también pueden resignificar. Cuando modificamos un nombre con carga negativa y lo reemplazamos por una mirada más comprensiva, nuestra percepción cambia. Y con ella, nuestras intervenciones. Tal vez ese niño que mencionamos al principio de la nota, no sea “vago”, sino que quizás: no comprende la consigna, necesita más tiempo, se siente inseguro, presenta dificultad para llevar adelante esa tarea o no encontró aún una estrategia que le funcione. Nombrar distinto no es solo un cambio de palabras: es un cambio de mirada. El lenguaje no es neutro. El lenguaje construye realidad.
Los invito a estar atentos a lo que decimos. A revisar esas palabras que, sin darnos cuenta, pueden limitar, ¡y a animarnos a transformarlas! Porque cuando cambiamos la forma en que nombramos, también cambiamos la forma en que miramos. Y en ese cambio, se abre la posibilidad de habilitar nuevas oportunidades en el otro.
Lic. Psicopedagogía | Docente
Aprendizaje y Desarrollo Infantojuvenil
Orientación Vocacional
Evaluación y Tratamiento: Abordaje Neurocognitivo
IG: @adin.aprendizaje

