La emoción de empezar una nueva posición es alucinante. Hay algo en ese inicio que nos enciende, nos expande, nos conecta con nuestra mejor versión. Por eso, dejo de ser invisible.
El primer día, la adrenalina corre por el cuerpo. Todo parece impecable: los espacios, la gente, las sonrisas. El aire se siente distinto. Y en medio de esa escena, una certeza: hoy empieza algo.
Ser “el nuevo ingreso” reconforta. Hay calidez, hay bienvenida. Te sentís vista.
Pero el segundo día algo cambia. Sutil, casi imperceptible. Los colores pierden intensidad. Aun así, el fuego sigue intacto. Porque ahora el foco es demostrar, aprender rápido, estar a la altura.
Los días se llenan de reuniones, decisiones, propuestas. Los meses traen más desafíos, más exigencia. Y aunque no todo es perfecto —la comunicación falla, el criterio a veces escasea— hay algo que empuja: la motivación de construir, de hacer que funcione.
Llega el primer aniversario. Y con él, el orgullo. Mirar hacia atrás y ver todo lo logrado, lo sostenido en silencio, lo construido incluso en el caos.
Pero en paralelo, algo empieza a aparecer.
La ausencia de reconocimiento.
Golpea la puerta, pero no entra.
Impulsaste a otros, acompañaste procesos, generaste impacto. Sin embargo, la sensación crece: volverte invisible.
Y entonces la vida también irrumpe. Lo personal se desordena, te sacude. Aparece la contención, el permiso para frenar, para hacer un stop.
Cuando todo vuelve a tomar forma, ya no sos la misma. Algo cambió. La mirada se vuelve más aguda, más consciente.
Y en medio de esa nueva claridad, aparece una frase que lo empaña todo:
“Hay que estar más presentes”.
Pero, ¿qué significa realmente estar presente? ¿Es conexión real o necesidad de ser visto? ¿Es aporte genuino o performance?
Porque estar presente no debería ser exponerse para validar que existís. Debería ser construir con sentido.
Cuando ese concepto se vacía, todo lo demás pierde valor: la dedicación, el compromiso, el impacto real.
La exigencia deja de ser crecimiento y empieza a ser desgaste. La agilidad ya no es virtud: es sostener un ritmo que te rompe por dentro.
Y ahí aparece el quiebre.
La incomodidad de seguir en un lugar que ya no se siente propio.
Hasta que llega el final.
No siempre claro. No siempre justo. Pero necesario.
Porque también hay poder cuando elegís irte. En reconocer que un ciclo terminó, incluso cuando nadie más lo dice.
No me fui. Dejé de ser invisible. Y elegí empezar de nuevo.

Acompañamiento a mujeres profesionales a definir su rumbo
20 años en HR, Coach, PNL
Instagram:@lic.leilafarh

