La propuesta es empezar por algo fundamental: convertirnos en observadores de nosotros mismos.
«Todo lo que pensamos se materializa. Las palabras crean realidad. Entonces la invitación es prestar atención a lo que pensamos y a lo que decimos.»
Cada comienzo de año trae proyectos, deseos de mejorar relaciones y de alcanzar mayor abundancia. Y cuando hablamos de abundancia no se trata simplemente de «tener mucho», sino de un concepto que abarca la salud, el dinero y las relaciones.
La abundancia es integral. Incluye la calidad de nuestros vínculos, la relación con nuestra familia, pareja y amigos, y también el dinero, que no es solo algo monetario sino que tiene un significado más profundo.
Pero para que esa «rueda de la abundancia» circule, es necesario dejar de culpar a los demás y asumir responsabilidad.
«Lo que me molesta del otro es algo que tengo que aprender. Cuando me hago responsable, la rueda empieza a girar.»
Pensar lo que pensamos
Una de las frases que más resuena es: pensar lo que pensamos.
Puede sonar a trabalenguas, pero implica estar presentes. Detectar el pensamiento que aparece y preguntarnos si es real, si nos suma o si estamos alimentando una historia que nuestra mente crea.
Muchas veces proyectamos un elefante cuando en realidad es un mosquito. La mente arma una película que no existe y nosotros le damos de comer a ese pensamiento.
Todo empieza en la mente. Incluso las enfermedades comienzan con un pensamiento al que se le dio espacio y fuerza.
¿Se puede manejar la mente?
Sí. Pero no es automático. No es tocar un botón. Es un proceso. Una práctica. Es salir de la zona conocida. Es dejar de decir «yo soy así» o «yo no puedo».
«Cuando digo ‘no puedo manejar mi mente’, está hablando el ego, que no quiere salir de la zona de confort.»
El gimnasio espiritual
Así como el cuerpo necesita entrenamiento constante, la mente también. No es un cambio de un día para el otro. Es un proceso que requiere repetición, coherencia y compromiso.
Lo importante no es hacerlo perfecto, sino intentarlo una y otra vez.
Ser coherentes entre lo que pensamos, sentimos y decimos. Muchas veces la enfermedad o los proyectos que no se concretan aparecen cuando no hay coherencia entre mente, cuerpo y emoción.
Alinear pensamiento, palabra y sentimiento es clave para materializar lo que deseamos.
El poder de las palabras
Podemos afirmar que, una palabra mata o una palabra sana., que a las palabras no se las lleva el viento, que dejan huella. Por eso es fundamental prestar atención no solo a lo que decimos hacia afuera, sino también a cómo nos hablamos a nosotros mismos.
Un ejercicio posible es preguntarse: ¿Podría decirle a un niño las palabras que me digo a mí?
Ese registro es el primer paso. Porque muchas veces el diálogo interno es automático y poco amoroso.
Cuando detectamos un pensamiento que nos hace mal, la propuesta es hacer una pausa. Sentarse un minuto y respirar conscientemente, prestando atención a cómo entra y cómo sale el aire.
Cuando respiramos conscientemente, no podemos pensar al mismo tiempo. Así, de a poco, nos convertimos en observadores de lo que pensamos.
Dejar el pasado en el pasado, sanarlo y resignificarlo, es otra clave. Si no lo hacemos, repetimos las mismas historias una y otra vez.
Este 2026 puede ser el comienzo de ese proceso:
Ser observadores de nosotros mismos. Prestar atención a lo que le prestamos atención. Pensar lo que pensamos. Pensar lo que vamos a decir.
Buscar coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.
No se trata de lograrlo en tres meses. Es un proceso. Un entrenamiento. Un gimnasio espiritual.
Y como todo entrenamiento, requiere constancia.
Carolina Sartori
Bioneuroemoción | Decodificación Biológica
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