¿Quién cuida a quien cuida?

Un sistema familiar no es la suma de individuos: es lo que sucede entre ellos. Los cuerpos conversan aunque nadie hable. Esa conversación —respiración, mirada, tono, tiempos y silencios— arma climas que ordenan y desordenan el día. Cambia una parte, cambian las demás; y lo que cambia vuelve al conjunto. Eso es un sistema.

No alcanza con «ponerle ganas»: lo cotidiano moldea la biología. Cuando las agendas no dan, el trabajo se cuela por el celular y la escuela pide por encima de lo posible, el organismo aprende el modo alerta: paciencia corta, sueño liviano, dolores «sin causa». No es capricho ni falla personal: es el entorno marcando el ritmo del cuerpo.

A menudo ese peso recae en una sola persona, perpetuando el rol de «quien salva siempre», muchas veces una mujer. Se instala una narrativa que concentra responsabilidades en el mismo lugar y la red sale de escena: horarios imposibles, reglas silenciosas («acá no se llora», «cada quien se las arregla»), condiciones materiales y heridas de infancia en quienes hoy sostienen.

Desde la neuropsicología del desarrollo, la idea es simple: nadie regula si no está regulado. Las niñeces aprenden a calmarse primero en co-regulación: toman prestada la calma de un adulto disponible. Cuando esa base adulta respira, nombra y ordena, la ventana de tolerancia se amplía; cuando la base vive en rojo, el semáforo interno de la niña o el niño se queda en rojo. No es un juicio de valor: es fisiología atravesada por historia y contexto.

La mirada sistémica cambia la pregunta: de «¿quién tiene la culpa?» a «¿qué necesita este sistema para respirar mejor?». Los sistemas buscan homeostasis —un equilibrio a veces tenso— y por eso repetimos lo conocido aunque no alcance: lo conocido promete control. El trabajo no pide grandilocuencias; pide desplazamientos pequeños y sostenidos que devuelvan la red al centro.

Un ejemplo claro. Martes: tren demorado, tres mensajes urgentes, vianda sin preparar. La persona que organiza sube el tono; la niña acelera, olvida el buzo, protesta. Llega agitada a la escuela; la docente, con grupo cargado, tiene menos margen. A la tarde, cualquier contratiempo estalla. Nadie quiso ese final: lo produjo la cadena de interacciones. La buena noticia es simétrica: cuando una intervención simple baja la tensión de una parte, todo el sistema gana aire.

En la práctica, trabajar en red es concreto y discreto. En el ámbito pediátrico, sostengo interconsultas cuando un cuadro necesita una mirada convergente; ese diálogo alinea criterios y descomprime. Con familias y en procesos 1:1(sistémica/biodescodificación), la tarea es ubicar historia y contexto del síntoma y trazar mapas de red y acuerdos posibles, sin culpabilizar. Pequeñas coordinaciones que, sostenidas, cambian el clima.

Lo esencial. No alcanza con voluntad; hace falta red. Cuidar a quien cuida es prevención que se nota en el cuerpo —de grandes y de niñeces—: más paciencia, mejor sueño, menos peleas.

Y entonces la pregunta encuentra forma de respuesta: quién cuida a quien cuida somos todos, cuando elegimos organizarnos como sistema.

Por: Ayelén Aguirre

Terapeuta Sistémica | Psicóloga Social

Ayelén Aguirre

Psicóloga Social. Terapeuta Sistémica (Biodescodificación y Constelaciones). Miembro del CIEPI. Trabajo con pediatría, familias y en procesos 1:1.

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