—Pedro, ¿por qué estás tan callado hoy? —me pregunta Tony, mi amigo invisible, mientras jugamos en el rincón secreto de mi habitación.
—No lo sé… siento que estoy cansado de tanto ir y venir. Hay muchas palabras difíciles que escucho y no entiendo, y horarios que siempre parecen apurarse.
—¿De qué palabras hablas?
—De esas que dicen “diagnóstico”, “terapia”, “trastorno”. A veces juego con mi terapeuta y no sé si lo hago bien o mal. Yo quiero jugar, pero ella siempre le explica a mi mamá si trabajé bien o si no quise trabajar.
—¿Trabajar? ¿No es eso lo que hacen los papás?, —me pregunta Tony, y pienso igual. Yo no quiero trabajar, todavía. Cuando dicen diagnóstico o trastorno, son nubes grises que a veces me pesan en la cabeza y en el corazón. Cada día hay algo nuevo: un examen, una consulta, un juego que no sale igual… como si ser niño no alcanzara.
—¿Y cómo te hace sentir todo eso?
—Me da miedo. Veo a mis papás preocupados, a mi mamá llorar. ¿Será que hay algo malo en mí? ¿Me voy a morir? ¿Dejarán de quererme? ¿Estoy enfermo?
—Pedro, siento mucho que estés así…
—A veces siento como si mi infancia se fuera a otro lugar, donde jugar no es solo jugar, sino muchas obligaciones disfrazadas. Quiero correr y reír, sin pensar en lo que va a decir la doctora o en si estoy “bien” o “mal”.
—¿Has hablado con alguien de esto?
—A veces le digo a mamá, pero sé que ella también está cansada. Es que ni yo mismo entiendo todo este cansancio. Mi mamá dice que puedo hablarlo con mi psicóloga. Ella es muy buena, y no quisiera que piense que no quiero ir más a jugar con ella… es el único espacio donde puedo ser, porque ella no le dice a mi mamá si trabajé bien o mal.
—¿Qué crees que necesitas ahora, Pedro?
—Un respiro. Un lugar donde ser solo un niño, sin etiquetas ni diagnósticos, con mis ganas de ser yo. Me gustaría llegar a casa, tomar la merienda y ver dibujitos, pero la merienda es siempre en el auto, camino a otra de las tantas terapias. No sé, Tony, es mucha confusión.
Este diálogo nos invita a una reflexión profunda sobre lo que realmente significa ser niño y tener derecho a la niñez, aún cuando se enfrenten desafíos en el desarrollo. En la actualidad, muchas niñas y niños viven infancias marcadas por la complejidad diagnóstica, sumergidos en agendas terapéuticas y evaluaciones que pueden reducir sus espacios para el juego, la espontaneidad y el disfrute propias de su edad.
La literatura científica y múltiples expertos coinciden en la importancia del juego, la exploración libre y el descanso como pilares fundamentales para el desarrollo integral —físico, emocional, social y cognitivo— del niño. Son derechos y necesidades, no meros privilegios. Sin embargo, cuando las agendas se saturan de terapias y objetivos, corremos el riesgo de impedir que los niños adquieran autonomía, desarrollen sus habilidades sociales y alcancen bienestar pleno.
Es momento de frenar y mirar más allá de la etiqueta diagnóstica. Cada diagnóstico debería ser una herramienta de acompañamiento, no un motivo para sobre estimular ni para extinguir la alegría cotidiana. El apoyo terapéutico verdadero enseña, contiene y suma, pero nunca debe anular los espacios genuinos para ser niño.
Este llamado es para toda la comunidad: familias, terapeutas, docentes, pediatras, y la sociedad en general. Preguntémonos: ¿Estamos cuidando la niñez genuina, o estamos tapándola con exigencias, etiquetas y agendas?
Alojar el cansancio y miedo que expresan niños como Pedro implica repensar rutinas y calendarios. Cada terapia, cada intervención debe ser un apoyo real y no una carrera que borra el tiempo para ser niño.
Algunas recomendaciones para preservar la esencia de la infancia, especialmente para quienes enfrentan desafíos en su desarrollo, son:
Priorizar espacios de juego libre dentro del día a día.
Dosificar la carga terapéutica, adaptando los tratamientos al bienestar familiar y al ritmo del niño.
Validar y albergar las emociones de los niños y sus familias, comprendiendo el cansancio y la confusión.
Escuchar la voz del niño en la planificación y evaluación de apoyos.
Recordar que ser niño es un derecho y la base para cualquier desarrollo futuro positivo.
Cuidar la niñez, especialmente cuando la complejidad diagnóstica acecha, nos invita a sostener la voz de Pedro y tantas otras infancias que merecen disfrutar, crear y descansar en medio de cualquier desafío.
Los mejores apoyos siempre respetan y ofrecen espacio a la verdadera niñez, lejos de agendas asfixiantes y etiquetas que opacan su esencia.
Por: María José Rivero
Psicología Integral Infantil – MP 47922


