Cuando pensamos en iniciar una relación amorosa solemos poner el foco en el otro: en cómo nos trata, en lo que nos dice, en si demuestra interés o compromiso. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar el punto de partida más determinante: la relación que tenemos con nosotras mismas.
Lo que aceptamos, lo que creemos merecer, el modo en que ponemos límites y la claridad con la que reconocemos las señales tempranas, dependen en gran medida de cómo nos tratamos internamente. Si vivimos con autocrítica constante, con miedo a quedarnos solas o con la necesidad de validar nuestra valía a través del amor ajeno, corremos el riesgo de pasar por alto comportamientos dañinos y de entrar en vínculos que, con el tiempo, pueden volverse tóxicos.
El caso de Julieta Prandi nos recuerda crudamente lo que puede suceder cuando la dinámica de poder, manipulación y violencia emocional se instala en una relación. No se trata de juzgar ni de simplificar procesos complejos: ninguna mujer “elige” conscientemente sufrir. Pero sí es necesario reflexionar sobre cómo fortalecer nuestro propio amor propio y nuestra capacidad de reconocer señales tempranas para minimizar el riesgo de repetir estas historias.
En la práctica, esto implica preguntarnos:
- ¿Me escucho a mí misma o me ignoro para complacer?
- ¿Me siento libre de expresar mis necesidades o me callo por miedo al rechazo?
- ¿Confío en mi intuición cuando algo no encaja, o me convenzo de que exagero?
Una relación consciente no significa ausencia de conflicto, sino la posibilidad de atravesarlo con respeto, cuidado y diálogo. Para llegar ahí, primero necesitamos cultivar una mirada compasiva hacia nosotras mismas, aprender a poner límites sin culpa y reconocer que nuestra dignidad no es negociable.
Cuando estamos conectadas con nosotras, se vuelve más sencillo identificar las conductas que anticipan vínculos dañinos: la descalificación, el control, la invasión del espacio personal, la falta de reciprocidad o la manipulación emocional. Lo que antes podía confundirse con “intensidad” o “atención”, comienza a revelarse como lo que realmente es: una señal de alerta.
Como mentora en amor y relaciones conscientes, veo una y otra vez cómo el cambio comienza en lo interno. Al trabajar el vínculo propio, se reconfigura también la manera en que elegimos pareja, en cómo nos vinculamos y en qué estamos dispuestas a aceptar. El amor deja de ser un refugio para la carencia y se convierte en un espacio de expansión mutua.
Por eso, antes de preguntarte si esa persona “es para vos”, te invito a que primero mires hacia dentro y te cuestiones: ¿Me elijo yo primero? Esa es la verdadera base de cualquier relación sana. Desde ahí podemos construir vínculos que nutran, acompañen y potencien, sin repetir historias de dolor.
Cuidarnos a nosotras mismas es el primer acto de amor consciente. Y también, el más determinante y revolucionario.
Por: Loreley Kloster

Coach Ontológica
Experta en Diseño Humano y Astrología

Revista online dedicada a salud integral, crianza y calidad de vida.
Más de 500 profesionales de todas las áreas nos acompañan.
info@somosinfancia.com.ar
Ig: @revista.somosinfancia

