Mi hijo/a no juega solo/a, ¿y el tuyo?
Como mapadres no vemos la hora de que empiecen a jugar solitos para poder hacer nuestras cosas. ¿Les pasa que, cuando más le pedís que juegue solo más, te insiste para jugar o busca excusas para estar con vos? A mí me pasa siempre, y entiendo a mi hija porque, ¿A quién le gusta jugar solo?
¿Acaso no es más divertido el juego compartido? Dé todas maneras hoy te vengo a ayudar y contarte algunas cosas a tener en cuenta, para que aunque sea puedas tener 15 minutos para tomarte un mate, un café o un té caliente. Primero que nada para que el niño o la niña jueguen debe haber un otro que le enseñe como hacerlo, que lo acompañe, que lo miré, que se siente a jugar.
Así que el ingrediente principal que no puede faltar en esta receta es sentarse a jugar. El juego se construye y evoluciona desde lo pulsional y lo sensoriomotriz hacia lo simbólico y representativo.
Cada tipo de juego está ligado directamente de forma inconsciente con una acción, que se va ir construyendo y consolidando. El juego tiene contenido simbólico y siempre hay un otro. El/la niño/a que juega tiene al otro internalizado, puede hacer crear diálogos, representar a otra persona. La representación es hacer presente algo que ya haya estado presente, algo que el/la niño/a ya conoce.
Por este motivo insisto, para que el/la niño/a juegue solo/a el adulto debe jugar con él/ella.
Otra recomendación, es no obligarlos a jugar solos/as porque lo interpretan como un castigo, en vez de disfrutar del juego y que sea algo placentero. Pueden ofrecerles un escenario lúdico, ambientar un espacio de juego con diversos materiales para que ellos/as transformen y habiten el lugar de una manera significativa y exploratoria.
Acompañando desde la mirada, con una actitud de escucha. Haciéndoles saber que están presentes en su juego.
Hay que comprender que el juego va evolucionando, se transforma permanentemente y se perfecciona. En una primera instancia, desde que nace hasta que ocurre la angustia del octavo mes, hay una indiferenciación del bebé con la madre y con los objetos, se sienten omnipotentes.
Su figura de apego debe ir presentándole los elementos para jugar a medida que los vaya tolerando, que los comprenda, que sean acordes a su etapa. Luego hasta los aproximadamente los 10 meses hay un repudio y aceptación del objeto en forma objetiva.
El/la niño/a comienza a comprender que el objeto es algo externo, que no pertenece a él/ella. En esta etapa los juegos oscilan entre lo que el bebé es capaz de encontrar y lo que su figura de apego espera que encuentre. Gradualmente el/la niño/a va comprendiendo que no puede hacer todo lo que él/ella cree, que no es voluntad suya las cosas que pasan a su alrededor.
Luego hay una etapa hasta los 18 meses más o menos en dónde el/la niño/a pueden jugar solos/as pero necesitan la presencia de un otro. Principalmente por un tema de seguridad y además para sentirse acompañados/as. También en este período se superpone el juego entre el bebé y su figura de apego, introduciendo cada uno su modalidad.
Aproximadamente a los 2 años el juego suele ser solitario. Si se realizan juegos en presencia de otros generalmente juegan en paralelo, es decir, no juegan juntos si no unos al lado de otros desarrollando cada uno su propio juego. A partir los 3 años se pueden observar progresos importantes en la complejidad de los juegos. Aparece el juego simbólico, representando al otro. Recuerden que cada niño, que cada niña tiene su tiempo en el desarrollo y sus propias necesidades emocionales, cognitivas y motoras. El día que jueguen solos/as va a llegar, mientras tanto disfruta jugar con tu hijo con tu hija, porque el tiempo pasa rápido.
«Quiero tiempo, pero tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor. Por favor, me lo da suelto y no enjaulado adentro de un despertador.» María Elena Walsh
Fiorella Natale
Técnica Superior en psicomotricidad
Especialista en primera infancia
@talleresdepmt
tallerespsicomotricidadpmt.gmail.com
Fuente imagen: Eres Mamá

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