Cuando la palabra egresados empieza a sonar

Al final de sala de 5, las emociones comienzan a estirarse como sombras al atardecer: crecen, cambian de forma y se vuelven más largas que los propios pasos. Quienes las sienten aún tienen manos pequeñas, pero el mundo que habitan empieza a quedarles un poco más ancho. Es una etapa luminosa que también invita a mirar atrás con un nudo dulce en la panza.

Pronto pasarán de ser los más grandes del jardín a convertirse, otra vez, en los más chiquitos de una escuela nueva. Un salto inmenso.

Por esos días, empiezan a notar que algo está cambiando silenciosamente a su alrededor: el aire del jardín toma otra consistencia. No se ve, pero se siente. Una palabra tímida empieza a asomar hasta hacerse inevitable: “egresados”.

No cae como noticia; cae como revelación. Cada niño la recibe distinto, como si ese sonido tocara una campanita secreta que solo ellos pueden oír.

Y, sin embargo, más allá de las propuestas escolares o de los gestos familiares, hay un instante que ningún adulto puede anticipar: ese momento íntimo en el que un niño advierte que está creciendo.

En el libro “…Termina el jardín” (1), ese descubrimiento sucede frente a un pizarrón. La seño escribe “egresados” con la naturalidad de quien nombra algo cotidiano, pero Catalina siente otra cosa: la palabra hace ruido, vibra, se agranda. Y entonces aparece la frase que marca el pulso del cuento:

Parece que las letras se van haciendo grandes a medida que la maestra las escribe, pero en realidad la que está creciendo soy yo.”

Esa escena, simple y luminosa, revela lo que viven tantos niños: el instante exacto en que algo por dentro empieza a estirarse antes de que cambie lo de afuera.

Acompañar ese momento es frenar. Bajar la marcha. Agacharnos a su altura para que puedan mirar el mundo sin la sombra de nuestra prisa. Es preguntarles qué sienten cuando escuchan esa palabra que crece en el aire. Qué imaginan. Qué les late en secreto.

También es ofrecerles un lugar donde lo que sienten sea verdadero y digno de ser escuchado. Es recordarles que, aunque cambien el edificio, el guardapolvo y las rutinas, la familia estará siempre cerca, sosteniendo y alentando mientras ellos descubren que pueden afirmarse un poquito solos.

También es abrir nuestras propias memorias: ese día en que dejamos el jardín, la escuela, la casa familiar, lo que temíamos, lo que deseábamos, lo que nos dolía despedir.

El cuento invita a conversaciones que cruzan generaciones: adultos compartiendo sus propios egresos, temores que parecían enormes y hoy se recuerdan con una sonrisa. Yo también fui chiquito como vos. Y también tuve miedo.” Así se construyen puentes que calman y acompañan. Historias que iluminan lo que viene. Pequeños faroles encendidos en medio de tanta emoción nueva.

Porque crecer no es “hacerse grandes”. Crecer es avanzar sin soltar lo que nos sostiene. Es sumar capas nuevas sin borrar ninguna. En ese proceso, el jardín no desaparece: se vuelve raíz.

Mientras las ceremonias se preparan, mientras las canciones se ensayan y las remeras intentan atrapar un año entero en un diseño pequeño, los niños avanzan en silencio, confiados en que hay adultos caminando a su lado: familias, docentes, afectos que sostienen y celebran.

Crecer no es dejar atrás, sino aprender a llevar consigo.

Lo que viene es nuevo, sí. Pero llega lleno de voces que acompañan, de historias que los prepararon y de un jardín que sigue siendo casa, aún cuando ya no lo transiten todos los días. Porque lo vivido no se aleja: se acomoda adentro.

Y desde ahí, con una luz que permanece, ilumina todo lo que falta crecer.

Valeria Kunzle

Docente, autora de cuentos infantiles

Referencias:

  1. Kunzle, V. A. 2023 “ Catalina Termina el jardín” Editorial Plickme

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *