El hogar, ¿como segunda escuela?

Vamos a ver. Lo más aceptado, sin lugar a dudas es lo contrario. Todos estamos mas o menos de acuerdo en admitir que la escuela es como un segundo hogar, ¿pero qué pasa cuando invertimos el razonamiento y damos vuelta los escenarios? ¿Podemos sostener igual de convencidos, que el hogar funciona al modo de una segunda escuela? Pareciera que algunas certezas se nos pierden por el camino y entramos en un terreno pantanoso.

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La pandemia no vino exactamente a simplificar las cosas, más bien todo lo contrario. El aislamiento y la virtualización de clases, reabrió este y otros debates antiguos, y nos obliga a repensar todo de nuevo, a la luz del mundo que está naciendo.  Allá vamos, entonces y a ver dónde nos lleva.

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Siempre se dijo que deben existir puentes entre la casa y la escuela, dando a entender que se trata de ámbitos radicalmente distintos, que deben usar el ingenio si pretenden convivir armoniosamente. Cierto es que los intentos de alianza encarados bajo esta lógica, no parecen haber dado los resultados previstos y en general son poco alentadores, con la salvedad de algunas experiencias puntuales. Por lo demás, el clima habitual de los intercambios se aleja muchas veces en lo cotidiano, bastante de un espíritu colaborativo y se parece más bien a un enfrentamiento, que asume no pocas veces presentaciones hostiles más o menos intensas. Basta sino con remitirse a lo que sus respectivos representantes, ma-padres y docentes, tienen para decir los unos de los otros a un nivel generalizado: “La educación tiene que empezar por casa”, esgrimen los maestros indignados ante las conductas disruptivas de los alumnos. “En el colegio no te enseñan nada”, contraatacan los ma-padres incrédulos que se ven obligados a prestar asistencia en los deberes escolares. Y la lista sigue. Y la pelota va de un lado al otro de la cancha sin que nadie atine a frenarla y se proponga relanzar el juego desde un lugar distinto, más responsable, menos culpógeno.

¿No será hora ya, me pregunto, de hacer un esfuerzo por superar esta falsa dicotomía? (Así como dicen los expertos, sería lógico hacer con la salud y la economía) ¿Qué tan difícil puede ser pensar en términos de superposiciones, y continuidad? Algo me dice que la crianza y la educación, se dejan entender mejor como dos caras de la misma moneda, y que les sentaría incluso mejor la metáfora de la banda de moebius: esa cintita mágica que descubrieron unos científicos, en la que resulta imposible diferenciar la cara interna y externa porque ambas forman parte de una misma superficie.

Después de todo, suena un poco descabellado pensar que se puede educar de manera “pura”, dejando completamente de lado pautas relacionadas a la crianza, así como criar sin que se cuele en ello contenidos tradicionalmente “educativos”.

Hablar de continuidades, vale la aclaración, no quiere decir bajo ningún concepto negar las diferencias. Cada espacio de socialización humano tiene sus particularidades y aspectos que le son intrínsecos. Nada ganamos negando las especificidades, que son muchas y saltan rápidamente a la vista. Sería ingenuo y un poco estúpido, pensar por ejemplo que “tener” un hijo equivale a “tener” un estudiante. Son pasiones en todo caso diversas – en el mejor de los casos que haya una pasión – que interpelan facetas bien diferentes de la vida humana.

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Hago un alto en el camino acá, para advertirles que no tengo una respuesta definitiva a la pregunta que yo misma formule al inicio. En todo caso, se trata de algo que está sucediendo en este mismo momento – el hogar efectivamente está funcionando hoy al modo de una segunda escuela – como un proceso a nivel histórico del cual conviene tomar nota y usar de “excusa” para reflexionar sobre posibles y necesarias transformaciones que nos debemos – y les debemos fundamentalmente a los chicos – en tanto parte de la población que reiteradamente se ve postergada.

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Porque no me quiero olvidar, que en medio de todo este lío de roles y responsabilidades están los chicos, nuestros pibes, la generación que nos gusta llamar “del futuro”, experimentando una sensación bastante parecida a la fragmentación, obligados a separar los saberes en compartimentos estancos, y haciendo correr por carriles distintos aprendizajes que en verdad, forman parte de una misma y única realidad. Y me entristezco de ver como se les dice a diario, de miles de maneras distintas, que sus intereses no son lo suficientemente importantes comparados con eso que se les pretende transmitir. Porque su curiosidad parecería que siempre puede y tiene que esperar, aunque el mundo no los espere a ellos, y se muestre obstinado en darles respuestas a preguntas que jamás hicieron. Quizá la prueba más contundente de incomprensión que rodea a la infancia en estos tiempos, sea el modo excesivamente pedagógico de presentarles del mundo, que no sólo los ubica en una posición de inferioridad (Los que nada saben y todo lo tienen que absorber, según estrictos criterios morales preestablecidos), sino que también amenaza con arrasar cada pequeño gesto de algarabía y asombro con que los chicos intuitivamente se lanzan a explorar el entorno.

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Salir de este enredo puede ser más sencillo de lo que pensamos, si nos animamos como sociedad, desde el lugar que cada uno tenga – y si es de manera conjunta mucho mejor porque lograremos encarnar un mensaje de coherencia – a participar a los chicos de los problemas y las preocupaciones que hoy están atravesándonos y que van mucho más allá de adiestrarlos en el lavado de manos y el estornudo en el pliegue del codo. Desde luego, esto nada tiene que ver con presentarles la realidad en clave catastrófica, ni nada parecido, sino con buscar las palabras que les sean más familiares para nombrar eso que viven de todos modos y que va más allá de nuestros intentos por protegerlos.

Cuidarlos, palabra interesante porque condensa aspectos de la crianza y la educación, también quiere decir considerarlos interlocutores validos, mantenerlos informados (no sobre-informados), y darles la oportunidad de manifestar sus propias inquietudes, en general, bien diferentes de lo que los adultos pensamos que los inquieta, por el simple hecho de que miran el mundo desde otro ángulo.

Lic. Andrea Basile – Psicóloga

Formada en Niñez y primera infancia

IG: @puertasalainfancia

Ilustración de Analía Bruno de @anavisuales

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