Cuando la pantalla entra en el vínculo. En los últimos años comenzó a utilizarse el término tecnoferencia para describir las interrupciones que generan los dispositivos tecnológicos en las interacciones cotidianas.
Una notificación, una llamada, revisar las redes o simplemente mirar el teléfono durante una conversación puede parecer un gesto pequeño. Sin embargo, cuando se transforma en un comportamiento habitual, puede transmitir un mensaje implícito: “Hay algo más importante que este momento que estamos compartiendo.”
No necesariamente existe una intención consciente de ignorar al otro. Muchas veces se trata de un hábito automático. Tomamos el teléfono casi sin pensarlo, buscamos estímulos, respondemos rápidamente y volvemos a hacerlo pocos minutos después.
El problema aparece cuando esa conducta comienza a instalarse en nuestros vínculos cotidianos.
Estar disponibles no significa estar presentes. La presencia emocional requiere algo diferente: atención, escucha, disponibilidad afectiva y capacidad para registrar al otro.
Cuando estamos físicamente junto a una persona, pero nuestra atención está capturada por el teléfono, se produce una situación paradójica: el cuerpo está presente, pero nuestra atención está en otro lugar.
Los vínculos socioafectivos necesitan espacios de atención compartida y una conversación profunda requiere tiempo.
¿Estamos perdiendo la capacidad de estar?
Tal vez uno de los desafíos actuales no sea aprender a conectarnos más, sino aprender a desconectarnos de aquello que interrumpe nuestra presencia para poder conectarnos con quienes tenemos delante.
Con esto no quiero decir que hay que demonizar la tecnología. Los dispositivos son herramientas extraordinarias que facilitan la comunicación, permiten sostener vínculos a distancia, acceder a información y crear nuevas formas de encuentro.
El problema aparece cuando la herramienta comienza a ocupar el lugar del vínculo.
Cuando una pantalla reemplaza una conversación. También cuando una notificación interrumpe constantemente un momento compartido. Cuando necesitamos registrar todo para poder disfrutarlo. Cuando estamos más preocupados por mostrar lo que vivimos que por vivirlo.
La soledad en tiempos de hiperconexión
Existe además otra dimensión de esta problemática: podemos sentirnos solos aun estando rodeados de personas y permanentemente conectados.
La conexión digital puede ofrecer contacto, pero el contacto no siempre produce intimidad.
La intimidad se construye cuando podemos sentirnos escuchados, comprendidos, aceptados y emocionalmente seguros.
Volver a mirar al otro
Recuperar la cercanía no requiere necesariamente grandes cambios, podemos comenzar con pequeños gestos como : dejar el teléfono durante las comidas, escuchar al otro sin mirar la pantalla.
Cuando le preguntamos al otro “¿cómo estás?”, estar disponibles para escuchar la respuesta, compartir un momento sin necesidad de fotografiarlo, respetar los silencios.
Son acciones simples, pero profundamente significativas.
La pregunta que queda abierta
Quizás la verdadera discusión no sea si la tecnología nos acerca o nos aleja, ya que puede hacer ambas cosas. La pregunta más profunda es: ¿Cómo estamos utilizando la tecnología y qué lugar le estamos dando dentro de nuestros vínculos?
Reflexión final: podemos estar a un clic de distancia de alguien que vive al otro lado del mundo y, al mismo tiempo, a kilómetros emocionales de la persona que tenemos sentada a nuestro lado porque la cercanía no se mide en cantidad de mensaje, se mide en presencia, en escucha, en atención, en tiempo compartido. En la posibilidad de decir: “Estoy acá. Te veo. Te escucho.”

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