La serie Envidiosa ha logrado captar la atención de muchos espectadores. Por sus situaciones humorísticas y la exagerada e incluso grotesca imagen de esta mujer, celosa, caprichosa. Una que se compara con otros constantemente y critica a todos. Más allá de lo entretenido de los momentos que se producen entre ella y el resto de los protagonistas, vale la pena hacer un análisis más profundo sobre “la envidiosa”.
Detrás de esa mujer aparentemente segura de sí misma y un poco mundana se esconde una niña atravesada por el trauma de su infancia: un padre que las abandonó, a ella, a su hermana y a su madre. Y una madre que tuvo que salir a ganarse la vida para sostener a sus hijas.
Pero también acarrea con el mandato de casarse y tener hijos, para sanar esas heridas de la infancia que la dejaron huérfana y vulnerable, necesitada de amor y de ser vista. Vive atrapada en la inseguridad e insatisfacción que le provoca no lograr sus metas, dificultando la construcción de una identidad propia, desde donde vincularse asertivamente.
El trauma infantil y su huella en los vínculos
Hablamos de trauma para referirnos a situaciones que dejan a la persona sin capacidad de afrontamiento. Experiencias que generan una constante sensación de amenaza, desamparo o pérdida de control. El trauma no es solamente lo que nos sucede, sino también lo que ocurre dentro de nosotros como consecuencia de lo que vivimos.(Garbor Maté)
El trauma no se refiere sólo a situaciones extremas de violencia o abuso. Las experiencias de abandono emocional, críticas constantes, rechazo, falta de reconocimiento, negligencia parental. También conflictos familiares intensos o vínculos poco seguros con las figuras de cuidado, también dejan heridas y, para algunas personas, se convierten en trauma.
Esto genera dificultades en el desarrollo emocional y relacional. Porque la persona aprende a adaptarse para defenderse y sobrevivir en un entorno que intuye poco seguro. Estas adaptaciones (huir, luchar, congelarse y agradar) se cronifican en la vinculación de la persona llegando a la adultez utilizando los mismos mecanismos cada vez que un entorno se manifiesta como poco seguro o amenazante.
En el día a día vemos a estas personas que tienen una necesidad constante de comparación con otras personas, baja autoestima y sensación de insuficiencia, miedo al rechazo o al abandono, dependencia emocional, dificultad para construir relaciones estables, celos excesivos, necesidad permanente de reconocimiento, sensación de vacío aun cuando se alcanzan metas importantes.
La envidiosa no tiene deseos de perjudicar a los otros, sino que sufre profundamente el dolor de pensar que carece de aquello que considera necesario para ser feliz. Y se pierde la posibilidad de verse según sus cualidades, deseos y metas. Llevándola a una profunda sensación de frustración al no poder disfrutar de sus propios logros.
Su niña herida necesita ser vista y sentirse amada como quien en verdad es. Y en este recorrido la psicóloga la confronta con estas heridas. Pero también la ayuda a abrir un abanico de posibilidades diferentes, pero parecidas a estas creencias tan arraigadas.
Acompañada por la psicóloga, logra reconocer sus heridas, aprender a no repetir patrones de adaptación y a tomar conciencia de que puede lograr relaciones más saludables.
Conocer el trauma propio no justifica el dolor que se puede provocar a los demás. Pero sí ayuda a comprenderse y a buscar ayuda para sanar. Todos tenemos una historia que condiciona nuestra manera de vincularnos, lo importante es preguntarnos ¿qué hago con este dolor?

Orientadora Familiar
IG: @lucianamazzei.orient.familiar

