Los que me conocen saben que no soy feminista —no porque crea que el reclamo no sea válido, sino por el modo de reclamar, la violencia y el ataque. Creo que las mujeres debemos conquistar los distintos ámbitos del mundo recuperando el don femenino y las cualidades que aportamos, buscando la complementariedad con los hombres y no una igualdad en los modos, aunque sí de derechos y responsabilidades.
El sufrimiento humano no distingue entre varones y mujeres, y la violencia tampoco. Hoy voy a escribir para visibilizarlas a ellas, silenciadas sistemáticamente por una sociedad que justifica la violencia encubierta y que, al intentar desdramatizar, minimiza el dolor y la gravedad de las palabras, los silencios, los hechos y las omisiones.
Cuando hay abuso sexual o violencia física es fácil creerle a la víctima pero con la violencia psicológica se cae en la negación y la desdramatización. No deja marcas “visibles” y el relato de la mujer queda relegado a frases como “¡Qué exagerada! Solo fue una broma”, “No te da plata porque quiere ahorrar”, “No es malo, está enojado”. La mujer comienza a dudar de su propia cordura y empieza a creer que realmente exagera, sintiendo que el agresor es justificado.
Los hombres no comprenden esto y las mujeres hemos dejado de cuidarnos y sostenernos. Nos exigimos ser supermujeres, buenas madres, trabajadoras, siempre felices y exitosas. La salud mental de las mujeres está deteriorada porque ya no vive en tribu, en soledad educan, trabajan. Son amas de casa hasta que su sistema psíquico colapsa y se manifiesta en una multiplicidad de enfermedades físicas o emocionales.
En este esfuerzo por parecernos a los hombres hemos dejado de lado los rasgos femeninos que más nos caracterizan: la compasión, la empatía, la capacidad de abrazar al que sufre. Y esto nos impide ser misericordiosas unas con otras y acompañarnos. No nos gusta cuando alguna se siente mal y la respuesta es “ya va a pasar, vos podés”
El silencio que revictimiza no es solo consecuencia del agresor; es resultado de un entramado social que normaliza y minimiza la violencia encubierta. Romper ese silencio exige comprensión, valentía y responsabilidad colectiva y compromiso.
Hoy escribo para recordar que debemos escucharnos y sostenernos. Que la empatía y la contención no son debilidades sino urgencias. Y, si queremos justicia, bienestar e igualdad, debemos empezar por no mirar hacia otro lado.

Orientadora Familiar
IG: @lucianamazzei.orient.familiar

