Donde la ternura prevalece entre cuatro paredes
Siempre pensé que la sensibilidad era uno de mis más grandes defectos personales. Uno de esos defectos-ladrillos que uno lleva en la mochila, de los que no puede despojarse. Y aunque no quisiera caer en la subjetividad extrema de poner ejemplos en los que la sensibilidad me llevó a tocar fondo, creo pintarme con claridad cuando me armo en encuadre a mí misma mirándome al espejo con profundidad, con mi ansiedad extrema y mi depresión perinatal que aún dura, después de casi dos años. Hoy: La psicopedagogía y la sensibilidad.
Si quisiera dar un desencadenante en cómo mi especificidad me llevó a hacer de mi trabajo, algo mucho más dulce, más seguro, más florecido; les hablaría del momento en el que entre cuatro paredes, del otro lado de un escritorio, había un niño (convertido en un paciente) esperando algo de mí.
A mí, como a todo ser reinante de una ansiedad absoluta, la rutina y lo estable siempre me asustó. Empezar a trabajar en el ámbito clínico llevó a florecer un dinamismo abrazador (no abrasador). Cada paciente con una historia diferente, una fortaleza distinta, una forma única de enfrentar la sensibilidad de cada uno con mi propia sensibilidad en la mochila.
Parto de no querer caer en la soberbia de afirmar que para trabajar en la psicopedagogía o en algún área de salud, hay que ser sensible. Porque en un mundo tan grande, tan lleno de fueguitos, hay tantos otros modos de vida y tantas formas de trabajo; que asegurar algo así, restaría más que sumar.
De todas formas, sí me atrevo a afirmar, que hay una parte sensible del trabajo psicopedagógico o psicológico, que sólo triunfa cuando prevalece la ternura. Pasar por alto a quien extraña, a quien sueña, a quien piensa en su familia con pesar. Como a quien no tiene un amigo en el recreo o sueña todas las siestas con su abuela fallecida. O al que hace meses no merienda lo que quiere; es fugar de sesión un deseo, que muchas veces, es fundamental que llegue.
Desaprovechar una instancia de trabajo con ese niño que desea, que siente y que puede (o no) expresar lo que le pasa, aunque no sea considerado “tan” grave por los profesionales, aunque no se trate de violencia, de abuso, ni de duelos.
Poder abrazar las necesidades y los deseos, sin enmarcarlos con prioridades, con gravedades, ni con adultocentrismos. Validar los deseos con la sensibilidad de quien desea es un infante y hacerlos sentir que pueden elegir. La puerta abierta a ese deseo y la escucha atenta a esos corazones nos posiciona en la alerta de que lo de afuera, impacta dentro.
Y como profesionales, es indispensable impactarnos, nos sienta bien, o no.
Ofrecer, entre las cuatro paredes de un consultorio, una sensibilidad que convierta los ruidos en susurros, mirando amorosamente, abrazando lo lastimado, sosteniendo, andamiando al que no lo necesita tanto como otros, y abrazando el doble al que sí lo necesita.
Que llegue, que toque, que veamos reflejado en la sensibilidad que ofrecemos, lo que nos ofrecieron a nosotros mismos mientras crecíamos. Equiparando, siendo equitativos incluso con nuestras emociones, nuestros respaldos y nuestra amorosidad con los y las demás. Repensar el estereotipo, ser sensible a la sensibilidad mientras, como profesionales, humanos, personas; el paciente, la paciente; nos va interpelando, atravesando, removiendo, para bien o para mal.
Descubrí que ésta no es la única forma de habitar la clínica, pero que cuando la ternura prevalece; habitamos las cuatro paredes con más lugar para todos y todas.
Derechos de autor: Reynoso Luna A.

Psicopedagoga MP: 271949
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