Cuando hablamos de qué tipo de hijos somos, no estamos hablando de juicios ni de etiquetas. No se trata de ser un hijo bueno o malo. La pregunta apunta a otro lugar: al lugar que ocupamos dentro de nuestra familia y a las expectativas —conscientes o inconscientes— que se proyectaron sobre nosotros desde antes de nacer.
De esta manera, la propuesta es reflexionar acerca de qué tipo de hijo fue planeado para nosotros y para qué sirve identificarlo hoy. Justamente, para poder elegir, como adultas o adultos, qué tipo de hijo queremos ser. Porque cuando esto no se registra, muchas veces quedamos inconscientemente pegados a aquello que se esperaba de nosotros, repitiendo roles sin saber por qué.
El proyecto sentido: el para qué de nuestra llegada
Para entender esto, es necesario retomar el concepto de proyecto sentido. Como la palabra lo indica, es el sentido que proyectaron nuestros padres y nuestro clan familiar sobre nuestra llegada al mundo. Y cuando hablamos de clan, no solo hablamos de los padres: también entran en juego abuelos, tíos y la historia familiar.
No es lo mismo ser el primer hijo, el primer nieto, el primer varón o la primera mujer. En esos lugares suele haber mucha carga. Todos nacemos con un proyecto sentido, y esto no es ni bueno ni malo. Así, podemos analizar que, más allá de si el embarazo fue buscado o no, cuando los padres se enteran de que un hijo está por venir, indefectiblemente aparecen expectativas, ideales y deseos.
Incluso en los casos de adopción, existe un proyecto sentido: alguien se prepara, espera y proyecta cosas sobre ese hijo. La pregunta de fondo es: ¿para qué vine a esta familia?
Tipos de hijos según el proyecto familiar
Desde la experiencia clínica aparecen distintos tipos de hijos. No se trata de encasillar ni de juzgar, sino de reconocer lugares posibles.
Uno de los más frecuentes es el hijo bastón: el que fue gestado con la fantasía de que cuide a los padres o a los adultos mayores del clan en la vejez. Muchas veces esto se ve en el último hijo o cuando los padres son añosos. La misión es sostener, cuidar, estar al servicio del otro.
Este mandato puede ser explícito o no, pero se siente. A veces incluso se manifiesta en el cuerpo: niños con sobrepeso o cuerpos grandes, como si necesitaran una estructura fuerte para poder sostener a otros. En estos casos, el cuerpo habla de cargas que no siempre son propias.
El peso de cuidar y no poder elegir
Ser hijo bastón no está mal en sí mismo: el problema aparece cuando ese lugar no fue elegido y comienza a generar síntomas: culpa por irse de la casa, dificultad para formar una familia propia, imposibilidad de hacer proyectos personales. Muchas veces se escucha: «me quedo porque los acompaño al médico», «porque están solos», y en esa escucha aparece claramente el rol de cuidador.
Otro tipo es el hijo sustituto, que nace después de la muerte de un niño. En estos casos, la persona suele sentir que no tiene una vida propia o que está viviendo la vida de otro. A esto se suma el hijo yacente, que carga con un duelo familiar no elaborado, a veces incluso llevando el nombre de alguien que falleció.
También aparece el hijo medicamento, gestado con el objetivo de salvar a otro hijo enfermo. En estos casos, el deseo no está puesto en el hijo en sí, sino en la salvación del otro. La carga emocional es enorme: la vida del hermano parece estar en sus manos.
Otros roles invisibles dentro de la familia
Entre estos puede describirse al mosquetero de la reina, quien suele ser un hijo varón destinado a proteger a la madre. Vive cerca, está disponible, posterga su vida y muchas veces no logra construir una pareja. El lugar de compañero ya está ocupado.
Por otra parte, el hijo pegamento es aquel concebido para salvar una pareja en crisis y su misión es mantener unidos a mamá y papá. Cuando ese proyecto fracasa, suele aparecer la dificultad para crecer, separarse o hacer la propia vida.
También están el hijo síntoma, que expresa a través de su cuerpo los conflictos familiares, y el hijo esponja, que absorbe las emociones del entorno como si fueran propias.
Registrar para poder correrse del rol
El objetivo no es decir «soy todo esto», sino registrar si algo resuena. A veces aparece en frases repetidas: «no tengo vida propia», «siempre estoy para los demás», «todo me da culpa». No son las historias las que enferman, sino la interpretación que hacemos de ellas.
Identificar el rol que ocupamos es el primer paso para poder elegir. El mayor miedo suele ser dejar ese lugar y preguntarse: ¿quién soy si dejo de ser esto?, ¿me van a querer igual?
Un proceso que lleva tiempo
Reconocer el proyecto sentido no resuelve todo. Es apenas el comienzo. «Ahí recién te metés en el kilómetro», se dice en la charla. Es un proceso que lleva tiempo, paciencia y ganas. No se trata de poner plazos, sino de animarse a elegir.
Nunca es tarde para darse cuenta. Mientras haya vida, hay posibilidad de cambio. Identificar el camino que venimos caminando y permitirnos soltar un rol que ya nos queda apretado, como una ropa vieja, es el primer paso para elegir uno nuevo: más propio, más suelto y más auténtico.
Marisa Pérez Labat – Psicóloga

Neurodecodificación laboral /Biodecodificación /Terapia de regresión /Talleres vivenciales grupales

Psicóloga – Neurodecodificación laboral –Biodecodificación
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