¿Los niños de hoy toleran menos la frustración?

En los últimos años, una pregunta aparece con frecuencia en conversaciones entre docentes, profesionales de la infancia y familias. ¿Los niños de hoy toleran menos la frustración que antes?

La escena parece repetirse en distintos ámbitos: un niño que se enoja intensamente cuando algo no sale como esperaba, que abandona una actividad ante la primera dificultad, o que necesita intervención adulta inmediata para resolver conflictos cotidianos.

Ante estas situaciones, surge rápidamente una interpretación simplificada: “los chicos de hoy no toleran nada”. Sin embargo, esta afirmación, aunque frecuente, merece ser pensada con mayor profundidad.

La tolerancia a la frustración no es una característica fija ni un rasgo individual que los niños traen o no traen consigo. Es una capacidad que se construye en el vínculo, en la experiencia y en los espacios que los adultos ofrecemos para crecer. La frustración forma parte del desarrollo.

Desde muy pequeños, los niños se encuentran con límites naturales del mundo. No siempre pueden obtener lo que desean, no todo sucede cuando lo quieren, ni cómo lo imaginan. Estas experiencias, aunque incómodas, cumplen una función fundamental: permiten que el niño construya recursos internos para esperar, intentar nuevamente, tolerar el error y elaborar emociones complejas.

En este sentido, es importante exponer que en la infancia, una de las áreas del cerebro que aún se encuentra en pleno desarrollo es el lóbulo prefrontal. Esta región cerebral es la encargada de funciones muy complejas como planificar, organizar o tomar decisiones. Asimismo, es responsable de regular los impulsos y comprender la relación entre una acción y sus consecuencias.

Sin embargo, en los niños y niñas este sistema todavía está en una etapa muy inicial de maduración. Esto significa que muchas de las habilidades que los adultos damos por supuestas -como anticipar consecuencias, controlar impulsos o sostener una planificación- aún se están construyendo.

Por eso, en lugar de interpretar ciertos comportamientos infantiles como falta de voluntad o ansiedad ante un resultado que no desean; es importante comprender que forman parte de un proceso madurativo. El cerebro infantil necesita tiempo, experiencias significativas y acompañamiento adulto para ir fortaleciendo estas funciones.

Un dato importante para comprender el comportamiento infantil es que las funciones que nombramos que se encuentran vinculadas al lóbulo prefrontal, dependen de procesos de maduración cerebral que comienzan en la infancia pero se prolongan durante muchos años. De hecho, distintos estudios señalan que esta región del cerebro continúa desarrollándose durante la segunda y la tercera década de vida, e incluso puede seguir ampliándose hasta alrededor de los 30 o 40 años.

Desde esta mirada, el rol de los adultos —docentes, familias y profesionales— no es exigir capacidades que todavía están en desarrollo, sino acompañar, modelar y ofrecer estructuras que ayuden a los niños a organizar su pensamiento y su conducta mientras su cerebro continúa madurando.

Ahora bien, la pregunta que da pie a este análisis, no es sólo acerca de los niños, sino también acerca de los contextos de crianza que habitamos hoy. Las infancias se construyen en relación con los adultos y con los entornos que las rodean; por eso, comprender sus modos de actuar también implica revisar qué experiencias, tiempos y acompañamientos estamos ofreciendo.

¿Qué tipo de contexto estamos construyendo para que los niños puedan aprender, equivocarse e intentar nuevamente?

Vivimos en una época que, muchas veces con la mejor intención, busca evitar el malestar infantil. Los adultos intentan anticiparse a la frustración, resolver rápidamente los conflictos. También mediar constantemente en las relaciones entre pares o facilitar los procesos para que los niños no se sientan incómodos. Esta tendencia responde a un deseo genuino de cuidar, proteger y acompañar.

Sin embargo, cuando el mundo adulto interviene demasiado rápido o intenta eliminar toda dificultad, el niño puede quedar con pocas oportunidades de atravesar experiencias de frustración en un entorno seguro. Paradójicamente, al intentar evitar el malestar, también se reduce la posibilidad de aprender a tramitarlo.

Por otro lado, también existen contextos donde la frustración aparece de manera excesiva o poco acompañada. Exigencias muy altas, ritmos acelerados, sobreestimulación o expectativas que no siempre se ajustan a los tiempos del desarrollo infantil. En esos casos, el niño tampoco encuentra un espacio donde la frustración pueda ser elaborada.

Es decir, no se trata de eliminar la frustración ni de exponer al niño a ella sin sostén, sino de ofrecer experiencias en las que el adulto esté presente, disponible, pero no sustituyendo el proceso que el niño necesita atravesar.

Comprender esto, permite mirar con mayor amorosidad ciertas expectativas que a veces depositamos en los niños. En algunos contextos educativos y familiares, las interpretaciones simplificadas de la llamada “crianza respetuosa” pueden derivar en propuestas de libertad extrema. Esto se da bajo la idea de que el niño debe decidir por sí mismo en todo momento. Sin embargo, el cerebro infantil aún no cuenta con las herramientas necesarias para sostener ese nivel de autonomía.

La crianza respetuosa, lejos de implicar ausencia de límites o decisiones adultas, supone justamente lo contrario. Supone un profundo respeto por el momento madurativo en el que se encuentra el niño.

Tolerar la frustración no significa resignarse ni endurecerse emocionalmente. Significa poder atravesar la incomodidad, sostener el intento y confiar en que las dificultades pueden ser transitadas. Esta confianza nace tanto del discurso del adulto, como de experiencias repetidas que se le ofrece al infante. Donde el niño descubre que, aun cuando algo no sale como esperaba, puede volver a intentar, pedir ayuda, o encontrar otra manera de resolverlo.

Algo importante para recordar es que los niños, muchas veces funcionan como un espejo. Si los adultos nos frustramos con facilidad, respondemos con urgencia o buscamos resolver todo de inmediato. Es probable que ellos también encuentren dificultad para transitar la espera, el error o el intento repetido. Por el contrario, cuando encuentran adultos que pueden sostener la calma, habilitar el tiempo del proceso y acompañar sin apurarlo todo, aparecen también oportunidades reales para aprender a tolerar la frustración.

Tal vez, entonces, además de mirar a las infancias, sea necesario volver la mirada hacia nosotros mismos. Recordar que también fuimos niños, que también estuvimos aprendiendo a esperar, a equivocarnos y a intentar nuevamente. Acompañar ese proceso hoy implica, en gran parte, recuperar esa memoria. Y ofrecer a las nuevas generaciones algo simple pero profundamente valioso: adultos disponibles para sostener los tiempos del crecimiento.

Silvana Paganuzzi - Psicopedagoga / acompañamiento educativo desde el corazón / @al_cole.consil
Macarena Alba | Counselor • Acompañamiento emocional / @counseling.macarena

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2 comentarios sobre «¿Los niños de hoy toleran menos la frustración?»

  1. Gracias Sil de corazón por traernos este mensaje. Soy mamá de una bebé de un año y esta información valiosísima me ayuda a comprender cómo acompañar a mi hija en sus frustraciones que son partes necesarias e importante en su proceso madurativo.

    Siendo consciente de que yo también fui hija. A mí me costó mucho abordar la frustración y hoy aún con 34 años estoy aprendiendo a habitarla de forma presente con lo que estoy sintiendo.

    Me quedo con estas dos frases:
    «Tolerar la frustración no significa resignarse ni endurecerse emocionalmente. Significa poder atravesar la incomodidad, sostener el intento y confiar en que las dificultades pueden ser transitadas. Esta confianza nace tanto del discurso del adulto, como de experiencias repetidas que se le ofrece al infante. Donde el niño descubre que, aun cuando algo no sale como esperaba, puede volver a intentar, pedir ayuda, o encontrar otra manera de resolverlo.»

    «La crianza respetuosa, lejos de implicar ausencia de límites o decisiones adultas, supone justamente lo contrario. Supone un profundo respeto por el momento madurativo en el que se encuentra el niño.»

    Gracias, gracias, gracias.

    Con amor Cin.

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