Mitos sobre la maternidad

Mitos sobre la maternidad

Pensaba acerca de los mitos sobre la maternidad, y la palabra ya lo dice todo: las tradiciones del maternar feliz, donde todo lo que ocurre en torno a la panza y al bebé es bello. Pero ¿Qué sucede cuando las cosas no tienen lugar según la fábula colectiva?
El nacimiento de una nueva vida, deseada y buscada debía darme alegría y todo lo que me faltaba. Pero cuando mi bebé nació, al minuto comencé a experimentar un temor irreproducible. Temía que su vida se terminara súbitamente.


El temor día a día se iba oscureciendo, recuerdo la primera emoción turbia: bajaba las escaleras con Rocco en brazos cuando una sensación, un deseo de soltarlo me invadió. Traté de no prestarle atención, de desviar de mi mente un pensamiento tan cruel. Lo coloqué en su carrito, lo sujeté y revisé que estuviera perfectamente colocado. Caminé hacia la esquina, y al intentar cruzar la rotonda, mi cerebro vio como un colectivo lo arrollaba; mi cerebro escuchó las ambulancias; recuerdo ver un policía trayéndome el cuerpito en brazos y diciéndome «se murió». Mi cerebro inventó una historia en segundos, pero esa historia continuó viva en mi cabeza y en mi cuerpo. Parada en la pequeña rotonda sentía como si todo aquello hubiera sucedido, el cuerpo me temblaba, tenía el pulso y la respiración agitada, había percibido el suceso como real. Ésta fue la primera imagen de un túnel oscuro al que fui ingresando día tras día.


Intentaba convencerme que las imaginaciones se irían debilitando con el pasar del tiempo, que una vez que recuperara mi vida las emociones negras irían desvaneciéndose. Había pasado un embarazo difícil,  en cama, sin contacto con la vida social.
Las creaciones de mi mente continuaban su curso. Era como si mi cerebro y yo fuéramos entes separados. No podía bañarlo porque sentía un deseo insostenible por ahogarlo, y después, después venía la culpa. En los momentos de lucidez, que cada vez eran menores, no podía comprender porque me sucedía esto, tampoco lo podía hablar por el temor del pensamiento ajeno, porque nunca nadie habla de estas cosas.
las imaginaciones cada vez eran más recurrentes, más vívidas, mas fuertes y persistían en mi cabeza y en mi cuerpo por más tiempo. Se me hacía muy difícil correr éstas ideas.


No podía planchar, porque veía como planchaba al nene; no podía poner comida al horno, porque sobre la asadera veía al bebé; no podía manejar, porque no solo que constantemente revisaba su respiración, sino que corroboraba que estuviera en su silla porque temía olvidarlo por ahí.
Las pesadillas resultaban ser más reales, hasta que con una de ellas perdí la noción entre la realidad y la fantasía. Al cruzar esa barrera, ese límite todo fue más oscuro. Recién allí los síntomas comenzaron a ser evidentes para los demás, y por suerte, porque allí pude conseguir ayuda.
Puedo decir que viví los primeros seis meses de la vida de mi bebé en la oscuridad más tenebrosa que alguien se pueda imaginar.

A partir de allí, el tratamiento intensivo que duró un año me fue enseñando muchas cosas:
No maternamos todas como la mitología del colectivo dice, maternamos como podemos.
La maternidad; se relaciona más, con las historia de cada una como hija, que con la situación de ser madre.
Ante situaciones extremas el cerebro «escapa» de la realidad para donde puede, no para donde las fábulas de las abuelas dicen.

No hay una sola forma de maternar, hay tantas maternidades como realidades existentes.

Emilce Saccani

Fuente imagen: Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal

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