La clave acerca del impacto de la pantalla en los niños y adolescentes está en la presencia. Presencia adulta. Mucha presencia. Mucho cuerpo, mucho movimiento, mucho juego. Mucha disponibilidad para estar. Hay que ponerse a estar.
Estar implica acompañar, regular, ocupar un lugar. No alcanza con decir qué no: hace falta estar ahí, sostener, ofrecer. La presencia del adulto es central para poder cuidar y también para poder educar.
Educar no es delegar ni desaparecer. Es involucrarse. Asimismo, es poner el cuerpo, el tiempo y la mirada.
Es animarse a ocupar un rol, incluso cuando no siempre es fácil, incluso cuando aparece el cansancio.
Los adultos tenemos que limitar y regular. Ese es nuestro lugar. No se trata de prohibir porque sí. Limitar es parte del cuidado. Regular es parte de acompañar el crecimiento. Y cuando por algún motivo algo se prohíbe, es importante poder explicarlo y dar alternativas.
No es «te lo prohíbo porque sí». El límite necesita sentido. Necesita palabras. Necesita un adulto que esté ahí para sostener lo que aparece cuando algo se limita.
Tampoco es «estás aburrido, te saco el celular y fijate qué hacés». Un rato puede ser, pero no siempre alcanza. Porque cuando se quita algo sin acompañar, queda un vacío. Y ese vacío necesita presencia adulta.
El celular, la pantalla, muchas veces aparecen para tapar el aburrimiento. Cuando se quitan sin más, el aburrimiento queda expuesto. Y si no hay alternativas, si no hay adulto que acompañe, ese aburrimiento se vuelve difícil de sostener.
Por eso no se trata solo de sacar la pantalla, sino de ofrecer algo más. De proponer, de habilitar otras posibilidades, de estar disponibles para acompañar ese momento. No llenar, pero tampoco soltar.
Porque educar también es ayudar a desarrollar una capacidad. Una capacidad que mañana permita, después del aburrimiento, poder ser creativo, poder decidir por sus propios medios qué hacer. Pero esa capacidad no aparece sola.
Esa capacidad se construye de a poco. Mientras alguien está. Mientras alguien acompaña y mientras alguien ofrece opciones hasta que el otro aprende.
Cuando algo se prohíbe sin explicación, muchas veces es peor. Lo que se prohíbe se busca por otros lados. Y lo prohibido se desea. Por eso el límite necesita presencia, cuidado y sentido.
Estar no es controlar todo ni llenar cada momento. Estar es acompañar. Es regular. También es limitar cuando hace falta y ofrecer alternativas cuando es necesario. Es ponerse a estar mientras el otro aprende qué hacer con su tiempo, con su deseo y con su aburrimiento.
Educar es eso: estar. Regular. Limitar. Acompañar. No prohibir porque sí. No soltar porque sí. Ponerse a estar.
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Karina Spinelli
Psicóloga y sexóloga, máster en Neurociencias.
Especialista en Medicina del Estrés y Neuroendocrinología Clínica.

